Feedback positivo, autoestima y desarrollo personal: lo que un elogio genuino activa en vos
Soy psicólogo y consultor familiar, y hace un tiempo empecé a notar algo que me llama profundamente la atención: cada vez que veo en las redes sociales a alguien que pinta, canta, baila o crea algo con genuina pasión, siento el impulso de escribirle un comentario. No uno genérico, sino algo real, que diga "lo que hacés me llega". Y lo hago.
¿Por qué? Porque el ser humano es, ante todo, un ser social. Necesitamos del entorno para crecer, para sostenernos, para saber si lo que hacemos tiene valor. El feedback del mundo que nos rodea no es un lujo: es una necesidad psicológica fundamental.
El peso de crecer bajo la crítica constante
Durante décadas, en muchas familias y entornos educativos de nuestra región, el retorno que recibían las personas era casi exclusivamente crítico. "No lo hiciste bien", "esa nota no alcanza", "podés hacerlo mejor"... Un bombardeo permanente de señalamientos negativos que, lejos de motivar, enseñaba algo muy distinto: que el esfuerzo no sirve, que el resultado nunca es suficiente.
Esto tiene un nombre en psicología: indefensión aprendida. Cuando una persona crece en un ambiente donde nada de lo que hace es reconocido, termina creyendo que no tiene capacidad para cambiar nada. Se apaga. Se achica. Y lo peor es que, muchas veces, ni siquiera lo nota.
Dos historias que no olvidé
Permítanme compartir dos momentos de mi propia vida universitaria que ilustran, de manera casi opuesta, el efecto que tiene el feedback que recibimos.
En segundo año, tuve una materia llamada Psicología Política. La profesora nos pidió que elaboráramos un crucigrama como trabajo práctico. No sé bien por qué, pero esa consigna me atrapó de una forma especial. Decidí que el mío tenía que ser perfecto: cuadrado, de dieciséis casilleros por lado, y con todas las respuestas vinculadas a la filosofía antigua. Pasé cuatro días en eso. Mis compañeros de habitación me miraban con cara de "¿para qué tanto?", y yo seguía. Era un desafío que me daba placer.
Cuando entregué el trabajo, la profesora anunció las notas. Me dio dos sobre cinco. Le pregunté por qué, seguro de que algo estaba mal. Su respuesta fue devastadora: "No te esforzaste. Bajaste esto de internet." Y para demostrar su punto, señaló el trabajo de una compañera, que tenía una única palabra vertical y unas pocas horizontales, diciendo que ese era el crucigrama de alguien que se había esforzado de verdad.
Recuerdo esa sensación como si fuera hoy. No era solo decepción. Era algo más profundo: el golpe de sentir que nadie vio lo que pusiste.
El segundo momento fue completamente distinto. Rendí un examen oral de Historia. Soy de esos que recuerdan la secuencia de los hechos pero batallan con las fechas exactas. Aun así, me preparé mucho. Cuando terminé, el profesor me miró y me dijo: "¿Qué estás haciendo vos acá?" Me quedé helado. Pensé que había dicho algo mal, que me había equivocado en alguna fecha. Entonces él sonrió y aclaró: "Digo, ¿qué hacés en esta carrera y no en la mía?" Y me puso la nota más alta.
Eso también lo recuerdo como si fuera hoy. Pero de una manera muy diferente.
Lo que cada uno de nosotros puede hacer
La diferencia entre esas dos experiencias no está en las notas. Está en lo que cada una dejó en mí. La crítica injusta apaga. El reconocimiento genuino enciende.
Y acá está el punto central: no hace falta ser profesor ni psicólogo para generar ese efecto en otra persona. Alcanza con detenerse un momento y decirle a alguien, en persona o en un comentario, que lo que hace te parece valioso. Eso es todo.
Si ves a alguien que canta, que escribe, que dibuja, que baila, y algo de eso te moviliza: decíselo. No lo des por supuesto. Porque esa persona, muy probablemente, está sosteniendo su llama con lo poco que el mundo le devuelve.
Solemos dejar muchos más comentarios negativos que positivos. Es casi automático. Pero también podemos elegir lo contrario.