¿Por qué no podés abrirte con tu psicólogo aunque confiás en él?

Cualquiera de nosotros alguna vez se sentó frente al psicólogo y sintió que las palabras se le quedaban trabadas en la garganta. Venís con la cabeza llena de cosas y lo único que te sale es un bajito “no sé”. El silencio se hace eterno, se pone incómodo y en la cabeza te da vueltas: “¿Y si digo algo que no corresponde?”. A un montón de gente le pasa exactamente lo mismo. Y no significa que estés mal o que seas raro. Al contrario: es una señal para frenar un segundo y mirar todo con más atención.

El significado detrás del silencio

A veces, ese silencio te está avisando que ya podés ir menos seguido a las consultas. Ya aprendiste a bancártela sola o solo, y eso es una excelente noticia. Pero si adentro tuyo hay cosas pesadas que querés soltar y no te salen, no te hagas la cabeza. Le pasa a muchísima gente. Lo importante es encontrar tu propia forma de dar ese primer paso.

Estrategias para destrabar las palabras

Cada persona tiene su propio ritmo. Acá te comparto algunas ideas que suelen funcionar muy bien para romper el hielo:

  • Armar una lista previa: Hay quienes anotan los temas antes de ir y se la alcanzan directo al psicólogo. Es una forma excelente de no perder el foco ni olvidarse de nada por los nervios.
  • Ensayar en voz alta: Podés practicar en casa, en el auto yendo al laburo, bajo la ducha o dando una vuelta por la cuadra. Suena medio loco, pero cuando escuchás tu propia voz, el miedo se achica. Las palabras se vuelven más familiares y después es muchísimo más fácil soltarlas en la sesión.
  • Practicar con alguien de confianza: Podés contárselo a un amigo o una amiga mientras toman mate. Simplemente le decís cómo te gustaría plantearlo en terapia. Así el cerebro se acostumbra y el corazón no te late tan fuerte.

El fantasma del juicio ajeno

Y después está el miedo al juicio. Ese que se mete bien adentro y te susurra: “¿Qué va a pensar el psicólogo? ¿Y si le parezco un bicho raro?”. Creeme, ese miedo vive solo en tu cabeza. Los psicólogos están formados para armar un espacio de aceptación incondicional, donde te reciben sin juzgar absolutamente nada. Ven personas con historias de todo tipo todos los días y saben perfectamente que lo que a vos te parece “raro” es algo muy humano, muy de todos. Cuanto más hablamos de lo que nos pasa —aunque sea a solas en voz alta o con alguien de confianza— menos poder tiene ese miedo. Podés escribir los tres escenarios: el peor, el mejor y el más probable. Casi siempre la realidad está en el medio, y hacer este simple ejercicio te baja un montón la ansiedad.

Los pensamientos que nos dan vergüenza

A veces también aparecen pensamientos del estilo: “¿Qué pasaría si tuviera algo grave… cáncer o algo así?”. Mucha gente se avergüenza de contarlo porque le parece feo, oscuro y equivocado. Pero la verdad es que es una reacción bastante común, sobre todo cuando la depresión o el agotamiento extremo te aplastan. A veces, a través de ese pensamiento, el cerebro en realidad está pidiendo auxilio y diciendo: “Me duele, necesito que me miren, que me abracen, que me cuiden”. O es una forma suave de pensar en el final del dolor sin hacer nada concreto contra uno mismo. Lo clave es no asustarte por esos pensamientos y preguntarte con total honestidad: “¿Qué es lo que realmente quiero si eso pasara?”. ¿Más cariño? ¿Un descanso urgente de la rutina diaria? ¿Sentir que por fin alguien nota lo mal que la estoy pasando? Cuando entendés de dónde viene esa necesidad, es mucho más fácil buscar soluciones reales: pasar más tiempo con la familia o los amigos, ir más seguido al psicólogo o simplemente tener charlas sinceras y sin filtro.

Una brújula para el nuevo año

Además, cambiando un poquito de tema pero siguiendo con el cuidado personal, me encantó la idea que compartió una lectora. En vez de hacer propósitos de Año Nuevo que después casi nunca cumplimos, elegir una sola palabra para todo el año. Por ejemplo, “presencia” para vivir acá y ahora, sin que los días se te escapen de las manos. O “progreso” para valorar cada pasito que das hacia adelante. Esa palabra se transforma en una especie de guía constante. No te presiona, pero te orienta maravillosamente. Yo, como mujer que también está aprendiendo a priorizarse, elegí para mí “presencia”, porque este año se fue volando y quiero sentir cada día de verdad.

Todos, sin excepción, a veces nos callamos, tenemos miedo o nos da vergüenza. Pero cuando empezamos a hablar —aunque sea de a poquito, con listas o ensayando— adentro todo se pone más liviano. No estás solo en esto. Lo que sentís es completamente normal, humano, y merecés que te escuchen.

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