¿Cómo ser un buen psicólogo y disfrutar realmente la profesión?
Muchos se preguntan qué hace falta para ser no solo un psicólogo, sino uno bueno; de esos que disfrutan genuinamente lo que hacen. Esta profesión puede ser diametralmente distinta según cómo la vivas: para algunos es un camino de conexión profunda y fuerza interior, mientras que para otros se convierte en un desgaste constante y estrés crónico. Pero hay una forma de inclinar la balanza hacia lo positivo, y se resume en dos pilares fundamentales: encontrar lo que te apasiona y encontrar a tu tribu.
Primero: ¿es realmente para vos?
Antes de dar cualquier paso, es vital detenerse un segundo y preguntarse con total honestidad: ¿de verdad te gusta sumergirte en el mundo interior de los demás? ¿Te atrae escuchar, descifrar los sentimientos de la gente y acompañarlos en sus momentos más oscuros? Si la respuesta es un "sí" rotundo, ya tenés la señal más importante. Sin embargo, si la idea te resulta pesada, ajena o aburrida, quizás convenga repensarlo seriamente. Porque cuando la profesión no resuena con tu esencia, el riesgo de sufrir el síndrome de burnout (quemarse) es mucho mayor.
Por qué tu propia terapia no es un lujo, es la base
Si estás pensando seriamente en dedicarte a esto, buscate un buen psicólogo y empezá tu propio proceso cuanto antes. No es una recomendación más: es el cimiento de tu práctica. Tu propia terapia te enseña vivencialmente cómo se siente estar "del otro lado", cómo se recibe el apoyo real y cómo se gestan los cambios verdaderos. Te entrena para manejar el estrés de forma saludable, a no cargar con el dolor ajeno y a desactivar la fantasía de querer "salvar" a todo el mundo.
Muchos cargamos con heridas propias, y eso es completamente humano. De hecho, es bastante común que los psicólogos hayamos atravesado experiencias difíciles o traumáticas. Aquí lo crucial es una sola cosa: si esas heridas no están trabajadas, pueden jugar en tu contra —haciendo que te cierres o quedes demasiado expuesto—. Pero cuando las transitás, las elaborás y las sanás, aparece algo invaluable: una comprensión mucho más honda del dolor, una empatía genuina y una mayor solidez clínica. La experiencia traumática puede ser un obstáculo o una inmensa fuente de fortaleza (crecimiento postraumático); todo depende del trabajo interno que hayas hecho con ella.
La empatía es clave en cualquier enfoque, incluso en TCC
Existe la creencia errónea de que en la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) bastan las técnicas y no hace falta tanto contacto emocional. Pero los estudios científicos demuestran lo contrario: la empatía del terapeuta es uno de los factores predictivos más fuertes del éxito terapéutico. Curiosamente, en la TCC esto se nota aún más, precisamente porque el modelo no pone el énfasis explícito en el vínculo como lo hacen otros enfoques humanistas. Sin calidez, comprensión profunda y bondad humana, ninguna técnica funciona del todo.
Dónde encontrar la pasión
La universidad te da una base sólida, pero muchas veces se queda en lo teórico y un tanto árido. Los descubrimientos apasionantes, los enfoques que realmente emocionan y la neurociencia aplicada de las emociones suelen llegar después. No esperes que te lo traigan servido; tenés que salir a buscarlo. Leé, escuchá, probá y explorá. Hay corrientes terapéuticas que "encienden" a muchos profesionales —por ejemplo, los enfoques experienciales, el trabajo con las partes de la personalidad (IFS), la terapia somática o el foco profundo en las emociones (EFT)—. Ver cambios profundos, rápidos y sostenibles en los pacientes es el motor más potente de motivación.
Cuando encontrás el modelo terapéutico que resuena con tu forma de ver el mundo, el trabajo deja de sentirse como una carga. Sentís que realmente ayudás, que las sesiones fluyen con naturalidad, que las personas se transforman... y eso llena de una satisfacción difícil de describir.
La gente a tu alrededor es tu mayor recurso
Esta profesión tiene un riesgo: puede ser muy solitaria. Es fácil sentirse aislado, sobre todo cuando día tras día escuchás historias de dolor. Pero no tiene por qué ser así. Buscá activamente a tu gente: colegas que piensen parecido, que compartan tus valores éticos y tu pasión por sanar. Armá grupos de supervisión entre pares, unite a comunidades, asistí a congresos.
Las formaciones de posgrado son, muchas veces, el lugar donde se tejen los vínculos más fuertes. Ahí se juntan personas que están encendidas por la misma llama. No solo aprendés herramientas nuevas, también encontrás contención, intercambio clínico, amigos y hasta mentores. Esas formaciones son una inversión que vuelve multiplicada: crecés profesionalmente, te nutrís emocionalmente y también mejorás económicamente, porque inevitablemente te convertís en un mejor profesional.
Al final, es más simple de lo que parece
Para que el trabajo de psicólogo te traiga alegría genuina y energía vital, la fórmula requiere dos ingredientes: encontrar el enfoque que te apasione y rodearte de una comunidad que comparta ese fuego. Cuando eso sucede, la psicología deja de ser solo un empleo y se transforma en algo mucho más grande: un camino de conexión humana, crecimiento compartido y profunda realización personal.