¿Los pequeños detalles que hacen un espacio seguro en la consulta psicológica?

Siempre me pone contenta volver a mi consultorio. Todo está tranquilo, cálido, y justo aquí, entre estas paredes, sucede algo verdaderamente valioso: las personas se permiten ser vulnerables. Con el tiempo, me di cuenta de que los grandes pilares de la terapia —la empatía, la aceptación incondicional y la confidencialidad— son, indudablemente, la base de todo trabajo clínico. Sin embargo, muchas veces son los detalles pequeños, esos que a simple vista parecen menores, los que generan esa sensación de seguridad profunda que alguien necesita desesperadamente cuando llega por primera vez buscando ayuda.

Estos matices no reemplazan el trabajo profundo y profesional, pero funcionan como esa luz cálida que ayuda a la persona a soltarse y confiar en el vínculo. He reunido aquellos gestos que me funcionaron en mi práctica y quiero compartirlos con vos. Quizás reconozcas alguno o te inspiren a probar algo nuevo en tu propio espacio.

Transparencia desde antes del primer encuentro

Cuando alguien busca una psicóloga, casi siempre carga con una mochila de ansiedad y desamparo. Si a eso le sumamos la incertidumbre de no saber cuánto cuesta la sesión ni qué pasos administrativos debe dar, la ansiedad se dispara innecesariamente.

Por esa razón, decidí poner en mi página web el valor de mis honorarios y explicar con total claridad el proceso de admisión: llenar un formulario, tener una breve charla telefónica, completar una ficha y listo — se agenda la primera sesión. Aunque parece un detalle administrativo menor, mucha gente me agradece después diciendo: “Por fin entendí qué me esperaba”. Esa apertura informativa elimina una gran parte del miedo a lo desconocido y comienza a construir el encuadre.

Qué pasa cuando llegás

El primer encuentro presencial siempre genera nerviosismo. ¿Dónde estaciono? ¿Habrá alguien en la recepción? ¿Tengo que tocar el timbre o entrar directo? Para mitigar esto, les envío a las personas nuevas una descripción breve pero detallada: cómo llegar al consultorio, cuál es la parada de colectivo más cercana y con qué se van a encontrar al entrar — agua fresca, mate, música suave o silencio total.

Para las sesiones online aplico la misma lógica: explico cómo conectarse y, muy importante, qué hacer si se corta la conexión. Esos pocos renglones ayudan a que la persona sienta que ya pensé en ella y en su bienestar antes de que nos veamos las caras.

Un toque personal — para acercarme un poco

A veces incluyo en la web algunas palabras sobre por qué me apasiona trabajar con ciertos temas clínicos. No se trata de publicar una biografía completa, sino de ofrecer pinceladas humanas: “Me conmueven mucho los temas de ansiedad porque yo también los atravesé en algún momento” o “Me encanta acompañar a las personas a encontrar el equilibrio entre la exigencia laboral y la vida personal”.

Esto no implica romper los límites profesionales ni la abstinencia; es mostrar que también soy una persona. Frecuentemente, los consultantes me dicen que esas palabras fueron justamente el empujoncito que necesitaban para animarse a escribir.

Un consultorio donde una quiere quedarse

El diván o el sillón del consultante siempre lo ubico apoyado contra la pared. Puede sonar a una cuestión de diseño, pero tiene una función psicológica: evita la sensación de que algo puede aparecer por detrás. Es un instinto primario, como cuando éramos chicos y empujábamos la cama contra la pared para protegernos de los monstruos.

También es fundamental que la persona tenga el control visual de la puerta y el camino hacia ella. Sobre todo para quienes traen historias de trauma, saber que la salida está accesible y que pueden irse si lo necesitan, paradójicamente, les da la calma necesaria para quedarse. A veces simplemente pregunto: “¿Estás cómoda? ¿Querés que abra la ventana, traiga agua, prepare un mate o mueva ese objeto que te distrae?”. Si piden algo puntual y es posible, lo hago; validar sus necesidades físicas es el primer paso.

Ser honesta cuando no sé

Hay ocasiones en que la persona relata una experiencia o temática con la que no estoy familiarizada. Al principio de mi carrera, podía intentar disimular para parecer “la experta que lo sabe todo”. Con los años y la experiencia, entendí que es mucho más valioso decir: “No estoy tan al tanto de eso, contame más, por favor, quiero aprender de tu experiencia”.

Esa honestidad no debilita la confianza, al contrario, la fortalece. La persona ve que no pretendo ser perfecta, sino que estoy allí presente y comprometida con entender su mundo.

Lo diferente no es peligroso

Cuando existen diferencias notables entre nosotras —ya sea de edad, cultura, religión o creencias— no finjo entenderlo todo automáticamente. En cambio, adopto una postura de curiosidad genuina: “Contame cómo es eso para vos, quiero entenderlo mejor”. La curiosidad, cuando reemplaza al juicio, hace que la persona se sienta aceptada y validada en su identidad.

Reírme de mi propia humanidad

A veces estornudo en plena sesión, se me seca la garganta, o necesito tomar agua urgentemente. Antes, estas situaciones me avergonzaban muchísimo. Ahora, simplemente digo con una sonrisa: “Perdón, también soy humana” — y seguimos adelante. La gente suele sonreír de vuelta, aliviada. Esa pequeña risa compartida nos devuelve al trabajo terapéutico más rápido y con mayor conexión que cualquier disculpa formal.

Dejar que la charla se desvíe un poco

A veces, la persona de pronto empieza a hablar de algo que parece trivial o que no viene al caso. No me apuro en traerla rígidamente “al tema principal”. He aprendido que, a veces, justo en esos desvíos aparece algo crucial, o quizás es simplemente una forma inconsciente de tomarse un respiro antes de tocar algo doloroso. Claro que todo con medida, pero dar espacio a esos momentos también es cuidar la seguridad emocional.

Mostrar emociones — cuando corresponde

Durante mucho tiempo, mi entrenamiento me dictaba mantener la cara neutra. Pero con los años descubrí que, cuando alguien comparte un dolor profundo o una injusticia, mi reacción genuina —ya sean ojos vidriosos o indignación— puede ser terapéuticamente muy valiosa. La persona ve que lo que siente es real, que impacta y que no da miedo compartirlo. Siempre, por supuesto, cuidando que sea auténtico y que no desvíe el foco hacia mí.

Preguntar: ¿qué puedo mejorar?

A veces, para cerrar o evaluar el vínculo, simplemente pregunto: “¿Hay algo que podría cambiar para que te sientas más cómoda aquí?”. Esto no es inseguridad profesional; es construir la alianza juntas. La persona entiende que su opinión importa y que tiene agencia e influencia en su propio proceso de curación.

Estos detalles no son reglas universales, son solo mi experiencia clínica. Me funcionaron a mí y a muchas de las personas con las que trabajé. ¿Y vos? ¿Qué pequeños gestos te ayudan a sentirte segura, ya sea como profesional o como alguien que busca ayuda? Capaz también notaste algo propio que marca la diferencia.

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