Contratransferencia: cuando el terapeuta siente juicio hacia su paciente

Cuando busqué información sobre cómo los terapeutas a veces sentimos juicios hacia nuestros clientes, casi no encontré nada. En cambio, hay miles de historias de personas que sienten que su terapeuta las mira con superioridad o crítica. Eso me hizo pensar: ¿por qué se habla tan poco de esto de manera abierta? Al fin y al cabo, nosotros, los terapeutas, también somos personas. Y las personas juzgamos a las demás; es parte de ser humano.

No quiero decir que los juicios sean siempre buenos ni que haya que fomentarlos. Pero fingir que no existen es como pretender que somos perfectos. Yo misma me he sorprendido varias veces sintiendo un nudo en el estómago cuando un cliente cuenta algo que hizo. Y en lugar de avergonzarme, decidí mirar de frente: ¿por qué pasa esto y qué puedo hacer con ello?

¿Qué entendemos realmente por “juicio”?

Según el diccionario, juzgar es simplemente formar una opinión comparando y analizando. En ese sentido, no hay nada malo. Todos evaluamos constantemente para entender lo que pasa a nuestro alrededor. El problema aparece cuando esa opinión viene cargada de una emoción fuerte. Ahí deja de ser un tranquilo análisis técnico y se convierte en un juicio moralizante. En el mundo profesional solemos llamarlo contratransferencia: cuando nuestros propios sentimientos y experiencias influyen en cómo vemos al cliente. Pero a veces es más sencillo decirles a los colegas: ¿podemos hablarlo abiertamente?

¿Por qué nos pasa?

Porque somos humanos de carne y hueso. Nos implicamos con los clientes, nos importa su bienestar. Cuando alguien repite patrones que le hacen daño, podemos sentir frustración, enfado o tristeza. Eso no significa que seamos malos profesionales. Al contrario: una reacción emocional intensa suele indicar que de verdad nos importa el proceso, aunque necesitemos regular esa emoción para que no interfiera en la cura.

Primera regla: no te asustes

Si notas que estás juzgando a un cliente, no te castigues. No es prueba de que no has trabajado lo suficiente contigo mismo ni de que algo falla en ti. Es solo una señal: algo en esa historia te tocó profundamente. Y eso se puede explorar. El juicio no es el fin del camino, sino una puerta hacia una nueva comprensión.

¿Y si nos preguntamos “por qué”?

A mí lo que más me ayuda es la curiosidad. En vez de decirme “no debería sentir esto”, me pregunto: “Qué interesante, ¿qué es exactamente lo que me está removiendo tanto?”. A veces la respuesta llega rápido:

  • El cliente me recuerda a alguien de mi pasado con quien tengo asuntos pendientes.
  • Es un reflejo de partes de mí que todavía no acepto del todo (mi propia sombra).
  • El comportamiento del cliente choca frontalmente con mis valores nucleares.

Esa curiosidad quita la vergüenza y permite ver con más claridad.

A veces conviene decirlo abiertamente al cliente

Si el juicio tiene que ver con cómo el cliente se comporta conmigo, puedo expresar mis sentimientos con suavidad. No para reprochar, sino para mostrar el impacto vincular. Por ejemplo: Cuando alzaste la voz, me sentí insegura. ¿Podemos hablar de cómo nos comunicamos? Esos momentos suelen ser muy valiosos para el proceso terapéutico, pues ofrecen al cliente un espejo honesto de su impacto en los demás.

El mejor lugar para hablarlo: la supervisión

He estado en distintos grupos de supervisión y los más seguros siempre han sido aquellos en los que se podía decir abiertamente: esto me irrita. Es especialmente útil cuando alguien primero nombra su emoción y luego pide ayuda. Por ejemplo:

  • Nivel 1: La cliente volvió con una relación tóxica y no entiendo cómo puede hacer eso.
  • Nivel 2 (más profundo): Estoy teniendo una reacción emocional muy fuerte. Siento decepción y hasta rabia. Necesito hablarlo para entender de dónde me viene esta contratransferencia.

Un poco de compasión hacia uno mismo

Si mi único objetivo es eliminar el juicio lo antes posible, me pierdo la oportunidad de aprender algo importante sobre mí. Con los años he detectado mis patrones: me afectan especialmente los clientes que muestran rasgos narcisistas o conductas misóginas. Conocer esos patrones me ayuda: veo el disparador, respiro y me recuerdo que esto no es responsabilidad del cliente, sino de mi propia historia.

Buscar tu propia terapia y saber derivar

Si los juicios se repiten, crecen o interfieren en el encuadre, es momento de hablarlo en tu propia terapia. Y, fundamentalmente, entender que no tenemos por qué trabajar con todo el mundo. Hay casos en los que, por nuestra propia salud y la del cliente, la mejor decisión es derivar a otro profesional. Esto no es una derrota, es un acto de ética y honestidad profesional.

En lugar de conclusión

Todos juzgamos: clientes y terapeutas. Lo importante es no esconderlo, reconocerlo y encontrar espacios seguros para hablarlo. Así el juicio deja de ser un obstáculo y se convierte en una fuente de comprensión más profunda, tanto de nosotros mismos como del otro. Cuanto más hablemos de esto, más segura y humana será nuestra profesión.

Bibliografía

  • Lobo, Marcelo Antoni y Gómez i Tarrés, Quim. Pequeños aportes a la transferencia y la contratransferencia: Desde la Gestalt y las Constelaciones Familiares. HakaBooks, 2022.
  • Winnicott, Donald W. Obras completas. Vol. 3. El odio en la contratransferencia, escritos sobre deprivación y crianza. Madrid: Síntesis, 2020.
  • Davanzo, Hernán. Transferencia-Contratransferencia Proceso en los casos clínicos de Freud: Su vigencia teórico-práctica en las psicoterapias dinámicas postmodernas. México: Editorial Paidós, 2016.
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