¿Y si te aburres en una sesión con un cliente: ¿fracaso o señal?
Cuando empecé a trabajar como psicóloga, la sola idea de sentir aburrimiento durante una consulta con un cliente me parecía un desastre total. Pensaba: «Soy yo la que tiene que estar completamente presente, atenta, viva». Si de repente mi atención se dispersaba, asumía automáticamente que era porque algo estaba haciendo mal. Intentaba forzarme a «reaccionar», como si el aburrimiento fuera un defecto personal mío que debía ocultar.
Con el tiempo entendí que el aburrimiento no es una sentencia ni una prueba de falta de profesionalismo. Es una señal. Silenciosa, a veces incómoda, pero tremendamente importante. Dice algo sobre mí, sobre el cliente o sobre la dinámica que está ocurriendo entre nosotros en ese instante. Y si logro mirarlo con curiosidad en lugar de juzgarme, esa sensación se convierte en un aliado valioso para la terapia.
La mayoría de los psicólogos hemos sentido aburrimiento alguna vez; es normal y forma parte inevitable de trabajar con personas. La cuestión fundamental no es si ocurre o no, sino qué decidimos hacer con ello cuando aparece.
Cuando el aburrimiento habla de mí misma
A veces, la explicación es la más sencilla: el aburrimiento aparece simplemente porque estoy cansada. Cuatro sesiones seguidas, poco sueño acumulado, la comida fue hace demasiadas horas… y el cerebro empieza a «apagarse» como mecanismo de defensa. He notado, por ejemplo, que las consultas online me agotan más rápido que las presenciales. En el consultorio puedo realizar tres sesiones seguidas y mantener la energía; frente a la pantalla, después de dos, el cuerpo ya me pide descanso. Es vital reconocer cuando el cuerpo marca sus límites fisiológicos.
Sin embargo, también puede tratarse de algo más profundo. En ocasiones, un cliente despierta en mí una reacción que tiene más que ver con mi propia historia que con la suya. Esto es lo que llamamos contratransferencia: mis propios temas no resueltos se superponen a lo que ocurre en la sesión. En esos momentos es muy útil parar internamente y preguntarme: ¿Qué estoy sintiendo exactamente? ¿Por qué surge esto ahora? Supervisar estos casos o hablarlos con un colega suele aclarar mucho el panorama.
Y también sucede que, simplemente, perdemos el rumbo. A veces hace tiempo que no revisamos el plan de trabajo con el cliente y las conversaciones empiezan a flotar sin una dirección clara. A menudo basta con volver a definir el objetivo que nos trajo aquí para que el aburrimiento retroceda y el foco regrese.
Cuando el aburrimiento es un eco del cliente
Muchas otras veces, el aburrimiento surge como una señal de que el cliente no está hablando de lo que realmente importa. Puede estar dando vueltas a detalles superficiales, intelectualizando para evitar lo doloroso o repitiendo la misma anécdota una y otra vez. Y entiendo algo clave: si a mí me aburre escucharlo, es muy probable que a él también le esté costando vivirlo o expresarlo.
- El cliente estancado: Hay personas que regresan durante años al mismo conflicto —por ejemplo, una relación que quieren terminar pero no terminan—. Pasamos por el mismo ciclo repetitivo. En esos casos, propongo suavemente una pausa: «Veo que volvemos otra vez a esto. ¿Te parece que intentemos mirarlo desde otro ángulo distinto?».
- La historia repetida: A veces alguien narra el mismo suceso muchas veces. Primero escucho con atención, y luego intervengo: «He notado que esta historia es muy importante para ti, la has mencionado varias veces. ¿Qué es lo que más resuena ahora mismo en ella?». Generalmente, hay un sentimiento atascado detrás que pide ser visto y validado.
- La desconexión emocional: Otras veces el cliente habla, pero lo hace «desde fuera», como un reportero de su propia vida, sin emoción. Entonces nos aburrimos los dos: él está desconectado de sí mismo y yo empiezo a desconectarme de él. El aburrimiento aquí funciona como un espejo. Es una señal clínica: quizá el trabajo sea ayudarle a conectar más con lo que siente en este preciso momento, aquí y ahora.
Cuando el aburrimiento se vuelve constante
Si la sensación de tedio aparece casi con cada cliente, ya no estamos ante un caso aislado o una contratransferencia puntual. Se trata de cuestionar si este sigue siendo mi lugar o mi forma de trabajar. Yo trabajé mucho tiempo principalmente con trastornos de ansiedad —era mi tema favorito—. Pero después de varios años, noté que ya no me emocionaba aplicar una y otra vez el mismo protocolo cognitivo-conductual. Seguía teniendo el deseo de ayudar, pero la chispa se había apagado; ya no ardía.
Cambié de enfoque terapéutico y volví a disfrutar de la profesión. A veces el problema es la población con la que trabajas, el formato o el entorno. Hay quien se siente en su salsa con niños y adolescentes, y quien prefiere la complejidad de los adultos o las parejas. Hay quien ama las intervenciones breves y quien necesita procesos largos y profundos. Si el aburrimiento es constante, vale la pena preguntarse con honestidad brutal: ¿qué cambiaría si pudiera cambiarlo todo?
Cómo responder cuando aparece el aburrimiento
Para manejar estas situaciones sin culpa y con eficacia, me he creado un esquema de actuación sencillo:
- Si ocurre una vez: No pasa nada. Soy humana. Quizá dormí mal o tenía un día excepcionalmente cargado. Me permito ser imperfecta.
- Dos o tres veces con la misma persona: Es hora de prestar atención activa. ¿Hay algo en mí? ¿Estoy descansando, comiendo y cuidándome lo suficiente? Si la respuesta es sí, es momento de analizar el caso; hablarlo con un colega o supervisor ayuda a desbloquear la visión.
- Si se repite con frecuencia: Vale la pena metacomunicarlo con el cliente, con mucha suavidad y tacto. No diciendo «me aburro contigo», sino algo como: «He notado que en las últimas sesiones me cuesta un poco más conectar emocionalmente con lo que traes. ¿Tú lo sientes también? ¿Crees que me estoy perdiendo algo importante?». Esto suele abrir la puerta a una sinceridad profunda que revitaliza la terapia.
- Si el aburrimiento persiste: Es una señal seria. Tal vez en este momento de mi vida no soy la mejor persona para ayudar a este cliente concreto. Lo más honesto y ético es derivarlo a un colega que pueda ofrecerle la energía y la perspectiva que necesita.
Y por último: si puedes, tómate vacaciones. Una semana sin consultas, desconectada del rol de cuidadora. Vuelve y observa cómo te sientes. Si después del descanso sigues aburrida, es información vital sobre tu carrera. Si te sientes renovada, simplemente necesitabas desconectar. Todos lo necesitamos para seguir cuidando a otros.
El aburrimiento no es el enemigo. Es un guía. Si lo escuchamos con atención y respeto, nos ayuda a ser mejores psicólogos y a mantenernos vivos en esta profesión tan exigente como valiosa.