Salud Mental Psicólogos: Cómo Seguir Acompañando en Momentos de Malestar

Ser psicólogo implica la compleja tarea de sentarse frente a otra persona que atraviesa dolor, confusión o crisis. Pero, ¿qué ocurre cuando quien escucha y acompaña también está lidiando con su propio sufrimiento? La noción de que el profesional debe ser un modelo de equilibrio inquebrantable y fortaleza absoluta es un ideal que, en la realidad clínica, choca frontalmente con la condición humana. Todos, sin excepción, podemos atravesar momentos —o temporadas enteras— en los que nos sentimos vulnerables, agotados o profundamente afectados por las circunstancias de la vida.

Esta realidad no es una anomalía. El estrés emocional inherente al trabajo clínico, combinado con desafíos personales como duelos, problemas de salud, rupturas familiares o el impacto de contextos sociales adversos, puede hacer que la psicóloga llegue a la sesión sintiéndose frágil. La pregunta clave no es si esto ocurre, sino cómo manejarlo de manera responsable, ética y compasiva, tanto hacia una misma como hacia las personas que atendemos.

Evaluar el impacto real en el trabajo

Antes de tomar la decisión de continuar o pausar las consultas, resulta fundamental detenerse y plantearse preguntas concretas y honestas:

  • ¿Cómo me afecta a mí este malestar en este preciso momento?
  • ¿De qué forma podría influir en la persona que tengo delante o en mi capacidad de escucha?
  • ¿Qué consecuencias podría tener en el vínculo y en el proceso de acompañamiento que estamos construyendo?

Estas interrogantes ayudan a salir del pensamiento de «todo o nada». No se trata de cancelar la agenda cada vez que nos sentimos «menos que perfectas», pues la vida cotidiana introduce variaciones naturales: hay días de mayor agudeza mental y otros de mayor cansancio. Lo verdaderamente importante es discernir si el malestar compromete seriamente la capacidad de estar presentes, de escuchar sin que nuestro propio ruido interno domine la sesión, o de mantener un espacio seguro y estable.

Si el impacto es leve y manejable —por ejemplo, una fatiga que no impide la empatía ni la concentración—, muchas veces es posible y terapéutico seguir adelante. Sin embargo, si sentimos que podríamos perder el foco, desbordarnos emocionalmente o no poder contener adecuadamente al paciente, entonces tomar distancia temporal se convierte en un acto de estricto cuidado ético.

El miedo a parecer hipócrita o insuficiente

Un pensamiento intrusivo que aparece con frecuencia es: «¿Cómo voy a ayudar a alguien con su dolor si yo misma estoy perdida en el mío?». Este sentimiento puede generar culpa o una profunda sensación de fraude (síndrome del impostor). No obstante, es vital recordar que el acompañamiento psicológico no exige que el profesional haya «resuelto» la totalidad de su mundo interior para ser eficaz. Lo que ofrecemos es una relación humana auténtica, sostenida por formación, técnica y ética, donde la otra persona encuentra un espacio para explorar y crecer.

Nadie sana en aislamiento absoluto. Las personas acuden a consulta porque necesitan a otro ser humano que las acompañe. Del mismo modo, el psicólogo también puede —y debe— necesitar apoyo (de otro profesional, de colegas, de espacios de reflexión) sin que eso invalide su capacidad profesional. Esperar que una misma deba resolverlo todo en solitario es una exigencia irreal y cruel que jamás aplicaríamos a nuestros propios pacientes.

Herramientas prácticas para navegar estos momentos

Cuando el malestar persiste, existen estrategias concretas que ayudan a proteger tanto el bienestar propio como la calidad del servicio que ofrecemos:

  • Hablarlo con discreción y límites. Una breve mención honesta —«hoy estoy un poco más cansada/emocionada, pero estoy aquí contigo y seguimos trabajando»— puede humanizar la relación sin desviar el foco, que siempre debe permanecer en la persona atendida.
  • Ajustar el tipo de casos o el enfoque clínico. En periodos personales difíciles, puede ser sabio priorizar acompañamientos menos intensos o evitar crisis agudas, optando por procesos más estables donde el ritmo permita sostenerse mejor.
  • Modificar temporalmente el formato. Reducir la carga de pacientes, incorporar más trabajo grupal o administrativo según lo que resulte más sostenible para nuestra salud mental.
  • Cuidar el cuerpo como herramienta de trabajo. El agotamiento físico agrava el emocional. Dormir, moverse, alimentarse bien y desconectar son actos profesionales, no lujos opcionales.
  • Buscar contención continua. La supervisión regular, la terapia personal y los espacios de intervisión con colegas son fundamentales para detectar puntos ciegos y recibir la perspectiva necesaria.

Aceptar que no siempre estaremos al 100 % no significa bajar la calidad del trabajo. Significa reconocer que un 70-80 % de presencia atenta, genuina y empática sigue siendo profundamente valioso y transformador para quien lo recibe.

Normalizar lo humano en la profesión

Hablar abiertamente de estos temas entre psicólogos contribuye a romper el silencio y la idealización nociva de la profesión. Si asumimos que todos pasamos por momentos de vulnerabilidad, podemos tratarnos con mayor compasión y apoyarnos mutuamente sin juicio. El autocuidado no es un extra; es el cimiento de la ética profesional.

Al final, lo que más beneficia a las personas que atendemos es un psicólogo que se permite ser humano: que cuida sus propios límites, pide ayuda cuando la necesita y sigue ofreciendo una presencia genuina incluso en sus días grises.

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