El Poder de las Metáforas en Psicoterapia: Guía para Terapeutas

Las metáforas son una herramienta esencial en mi práctica diaria en la consulta. Las empleo con tanta naturalidad que a menudo ni las noto, pero al detenerme a reflexionar, veo cuánto facilitan la conexión con las personas a las que acompaño. No tengo una formación especializada en enfoques que centren exclusivamente las metáforas como método principal, ni soy experta en psicoterapias específicas basadas en ellas. Lo que comparto aquí es simplemente cómo las integro de manera práctica y cotidiana, con la esperanza de que invite a reflexionar sobre su potencial en cualquier práctica clínica.

Una metáfora es una figura retórica que aplica una palabra o frase a algo que no le corresponde de forma literal. En psicoterapia pueden surgir del psicoterapeuta, de la persona atendida o construirse entre ambos. En mi experiencia, la mayoría son generadas o co-creadas por el profesional, aunque siempre dejo espacio para que la persona las ajuste o las haga suyas.

Por Qué Recurro a las Metáforas

Hay situaciones en las que una metáfora ilumina lo que las palabras directas no consiguen transmitir. Algunos ejemplos de su utilidad clínica son:

  • Facilitan la comprensión de conceptos nuevos. Al introducir ideas complejas, como el trabajo con partes en el modelo de Sistemas de la Familia Interna, puedo decir: “Es como si una parte de ti quisiera algo rápido y reconfortante ahora mismo, mientras otra sabe que elegir las verduras te hará sentir mejor a largo plazo. Ambas están presentes aunque seas una sola persona”.
  • Generan adherencia al proceso. Para explicar intervenciones difíciles como la desensibilización sistemática en un trastorno de pánico, comparo: “Sería como ayudar a alguien con miedo a volar: no lo subimos directamente al avión, empezamos recordando vuelos anteriores, mirando fotos, acercándonos poco a poco hasta que subir resulte natural”.
  • Ayudan a sentirse visto y validado. Cuando alguien tiene dificultad para expresar lo que siente, propongo con suavidad: “Me pregunto si lo que describes se parece un poco a…”. Si la imagen conecta, suele producir un alivio inmediato: “Sí, eso es exactamente”.
  • Favorecen la autocompasión. Ante juicios severos hacia uno mismo, una metáfora permite verse desde fuera con mayor amabilidad, como si observáramos a alguien querido en la misma situación.
  • Crean espacio cuando las palabras directas resultan difíciles. En experiencias muy activadoras o traumáticas, hablar de forma literal puede ser abrumador. Una metáfora permite explorar el tema de manera indirecta, preservando la seguridad emocional.
  • Confirman la comprensión. Si sospecho que he interpretado mal, propongo una imagen tentativa y pregunto: “¿Se parece a esto, o sería más bien así?”.
  • Fomentan la motivación. Tomar referencias de la propia historia de la persona —como el esfuerzo de entrenar para una maratón— ayuda a reconectar con su capacidad de enfrentar lo difícil.
  • Sirven como práctica de mindfulness. Imágenes clásicas, como las hojas flotando en un río, permiten observar los pensamientos sin aferrarse a ellos.

Tipos de Metáforas que Suelen Aparecer

Las metáforas adoptan distintas formas, y cada una tiene su momento adecuado dentro de la sesión:

  • De la propia experiencia de la persona. Referencias a su profesión, estudios o logros previos (por ejemplo, comparar el proceso psicoterapéutico con completar una carrera universitaria: cada tarea suma aunque no se note de inmediato).
  • Universales. Experiencias compartidas por casi todos, como ir al dentista: algo incómodo, pero necesario y con un final.
  • Compartidas entre psicoterapeutas. Clásicos de la profesión, como explicar la respiración imaginando inflar y desinflar un globo, o la metáfora de las hojas en el río.
  • Que emergen lentamente. A veces, mientras escucho sesión tras sesión, se forma una imagen mental que recoge la complejidad de lo que la persona vive. Cuando siento que está completa, la comparto con cuidado: “Ha ido apareciendo una imagen en mi mente mientras hablábamos… ¿te gustaría que la compartiera?”. Estas imágenes, cuando resuenan, ofrecen claridad y una sensación poderosa de integración.
  • Tomadas de películas, libros o series. Si conozco algún interés de la persona, puedo utilizarlo como puente: “Me recuerda a esa escena en la que el personaje debe elegir entre dos opciones difíciles…”. Siempre lo hago con suavidad, dejando espacio para ajustar.
  • Invitadas a la persona. Preguntas cerradas como “Si esto fuera un color, ¿cuál sería?” o “Si esa emoción fuera un animal, ¿cuál elegirías?” ayudan a que surjan sus propias imágenes.

Lo esencial es el enfoque: siempre desde la curiosidad, nunca desde la certeza absoluta. Frases como “Me pregunto si…”, “¿Se parece a…?” o “¿Modificarías algo?” son fundamentales. La metáfora no impone, propone.

Las metáforas no lo resuelven todo, pero abren puertas donde las palabras directas a veces se atascan. Invitan a ver lo conocido de forma nueva, a sentirse acompañado y a encontrar sentido. En una profesión donde la conexión lo es todo, son un puente silencioso y profundo.

Referencias

  • Barker, P. (1996). Psychotherapeutic metaphors: A guide to theory and practice. Brunner-Routledge.
    Introduce teoría y práctica del uso de metáforas en psicoterapia, con énfasis en contextos clínicos y formas de aplicación.
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