La esperanza es una buena cosa: lecciones existenciales de The Shawshank Redemption

The Shawshank Redemption, basada en una novela de Stephen King, lleva décadas en lo más alto de las listas de las mejores películas de la historia. No es solo por su trama magistral, con ese giro inesperado que deja sin aliento a quien la ve por primera vez, sino por algo más profundo: toca temas que nos afectan a todos. Cómo enfrentamos un destino injusto, cómo buscamos sentido cuando todo parece perdido, y esa tensión constante entre aceptar lo que nos toca o seguir aferrándonos a la esperanza de algo mejor.

La película no solo entretiene; conmueve. Su excelente actuación, música, fotografía y guion se combinan con ideas filosóficas que resuenan en lo más hondo. En este artículo exploraremos algunos de esos temas desde la perspectiva existencialista, centrándonos en los dos protagonistas principales —Andy Dufresne y Ellis Boyd “Red” Redding— y en lo que sus formas de enfrentar la vida pueden enseñarnos. Advertencia: este artículo contiene spoilers.

La llegada a Shawshank: el impacto de la pérdida de libertad

La historia comienza en 1947. Andy Dufresne, un banquero culto y exitoso, llega a la prisión estatal de Shawshank condenado a dos cadenas perpetuas por el asesinato de su esposa y su amante, un crimen que no cometió. Aunque las pruebas eran circunstanciales, el jurado lo consideró culpable.

Junto a otros nuevos reclusos, Andy cruza las puertas de la prisión. Para muchos es un viaje sin retorno. Esa primera noche es especialmente dura: la realidad de haber perdido la libertad cae como una losa. Libertad de moverse, de elegir con quién estar, de decidir cómo vivir el día a día. Cosas cotidianas —comer en un restaurante favorito, ver a la familia, viajar— se vuelven imposibles.

En Shawshank el ambiente es hostil. Los guardias y algunos reclusos imponen su voluntad con violencia. El capitán Hadley lo resume brutalmente: “Comes cuando nosotros decimos que comes. Orinas cuando nosotros decimos que orinas”. Esa primera noche, un recluso nuevo llora desconsoladamente y termina golpeado hasta la muerte.

Desde el existencialismo, la prisión representa la facticidad: todo lo dado, lo que no elegimos —el pasado, el cuerpo, las circunstancias—. Andy nunca eligió estar allí, pero es un hecho innegable de su existencia con el que debe lidiar.

La libertad que permanece incluso en la cárcel

Aunque la prisión restringe casi todo, no elimina por completo la libertad. Siempre queda la posibilidad de elegir cómo responder. ¿Cómo viviré aquí? ¿Cómo trataré a los demás? ¿Me resignaré o buscaré sentido? Los reclusos responden de formas distintas: algunos se vuelven violentos, otros se adaptan rutinariamente, y unos pocos intentan trascender su situación. Los dos caminos más claros los encarnan Red y Andy.

Red: aceptar lo inevitable

Red lleva veinte años en Shawshank cuando conoce a Andy. Es un hombre respetado, el que “consigue cosas”, un líder informal entre los reclusos. Su narración nos muestra su cinismo profundo: las audiencias de libertad condicional son un trámite vacío, la vida en prisión es rutina repetitiva, y la esperanza es peligrosa porque puede volver loco a un hombre.

Red ha aceptado su facticidad de forma absoluta. Se identifica con su rol de preso, se mueve dentro de las reglas del sistema y rechaza cualquier ilusión de cambio. Para él, lo más seguro es no desear lo que está fuera de su control.

Los existencialistas Sartre y de Beauvoir dirían que Red vive en mala fe: niega su libertad para no enfrentarse al peso de elegir. Se protege del riesgo de la decepción, pero a costa de renunciar a la posibilidad de una vida más plena.

Andy Dufresne: ejercer la libertad dentro de los límites

Andy es diferente desde el principio. Silencioso, sereno, parece llevar una coraza invisible que lo protege del lugar. Pide un martillo de roca para tallar piedras, arriesgándose a que se lo confisquen. En la azotea, al oír al guardia Hadley quejarse de impuestos por una herencia, se arriesga aún más: le ofrece ayuda fiscal a cambio de cervezas para sus compañeros. Consigue lo imposible y gana protección.

Con paciencia, transforma la biblioteca de la prisión: escribe cartas semanales durante años hasta conseguir fondos y libros. Ayuda al alcaide con sus finanzas ilícitas, pero siempre mantiene su dignidad interior. Talla piezas de ajedrez, consigue pósters de actrices, crea pequeños espacios de belleza y normalidad.

Andy nunca renuncia a la esperanza. Trabaja en silencio hacia su objetivo, asumiendo riesgos enormes. Su fuga —tras casi veinte años cavando un túnel oculto tras pósters— es el acto definitivo de trascendencia: convierte una situación aparentemente inmutable en libertad real.

La transformación final de Red

Tras décadas dentro, Red obtiene la libertad condicional. Pero, como le ocurrió a Brooks, el mundo exterior le resulta abrumador. La prisión lo había moldeado tanto que casi la extraña.

Sin embargo, una promesa hecha a Andy lo impulsa a actuar: viaja hasta un campo en Maine, encuentra una carta y dinero, y decide cruzar la frontera para reunirse con su amigo en Zihuatanejo. Por primera vez en mucho tiempo, Red siente emoción, nervios, incertidumbre. Kierkegaard lo llamaría el vértigo de la libertad: esa mezcla de miedo y atracción ante las posibilidades abiertas.

La esperanza, al final, no es solo esperar que las cosas mejoren. Es actuar, proyectarnos hacia un futuro incierto, elegir seguir adelante aunque no haya garantías.

Una invitación a reflexionar

The Shawshank Redemption nos recuerda que, aunque no controlemos todo lo que nos ocurre, siempre podemos decidir cómo responder. Podemos resignarnos y convertirnos en nuestra circunstancia, o podemos ejercer nuestra libertad, por pequeña que parezca, y buscar sentido incluso en los lugares más oscuros.

Porque, como escribió Andy: la esperanza es una buena cosa, tal vez la mejor de todas, y las cosas buenas nunca mueren.

Referencias

  • Sartre, Jean-Paul. (2005). El existencialismo es un humanismo. Barcelona: Edhasa.
    Sartre explica que la existencia precede a la esencia y que estamos condenados a ser libres; introduce la idea de mala fe como negación de esa libertad y la premisa de que la libertad es lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros.
  • Beauvoir, Simone de. (2006). La ética de la ambigüedad. Buenos Aires: De la Flor.
    Desarrolla la relación entre facticidad (situación dada) y libertad, afirmando que la libertad solo se realiza en y a través de la situación concreta, y que negarla es caer en la mala fe.
  • Kierkegaard, Søren. (2009). El concepto de la angustia. Madrid: Alianza Editorial.
    Describe el “vértigo de la libertad” como la sensación de mareo ante la apertura infinita de posibilidades que conlleva la libertad humana.
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