Lo que se permite, se repite.

Artículo | Abuso y Violencia

Hay algo que insiste en ciertas relaciones. No es solo el otro, no es solo la situación. Es una forma de vínculo que se repite, incluso cuando genera malestar.

Desde el psicoanálisis, Sigmund Freud planteó que el ser humano no se rige únicamente por la búsqueda de placer, sino también por una tendencia a la repetición. Aquello que no ha sido elaborado psíquicamente tiende a volver, no como recuerdo, sino como experiencia. Es lo que llamó la compulsión a la repetición.

Por eso, en lugar de recordar, se actúa. Se vuelve a elegir, se vuelve a entrar en dinámicas similares, se vuelve a ocupar un lugar conocido dentro del vínculo, incluso cuando ese lugar implica dolor.

No se trata de una decisión consciente. Es una forma en la que la historia se mantiene viva.

Sin embargo, no todo puede explicarse solo por la repetición. Jacques Lacan introduce un punto aún más incómodo: en el síntoma, incluso en aquello que hace sufrir, hay algo del orden del goce.

No se trata de placer. El goce no es lo que satisface, sino aquello que insiste más allá del bienestar, incluso en contra de él. Es lo que mantiene a alguien en un vínculo que desgasta, en una dinámica que hiere, en una posición que se repite.

En este sentido, lo que se permite no es únicamente falta de límites. Es, muchas veces, la forma en que el sujeto queda atrapado en una lógica que no controla del todo.

Por eso, salir de ciertos vínculos no depende solo de “decidir diferente”. Implica confrontarse con aquello que se repite, con lo que se sostiene, incluso sin querer.

Y ahí es donde aparece la dificultad real.

Porque no siempre es el otro lo que cuesta dejar, sino la posición que se ocupa en ese vínculo. Una posición que, aunque duela, tiene algo de familiar.

Comprender esto no busca justificar el malestar, sino desplazar la pregunta. No solo por qué se permite, sino qué de esa repetición insiste en sostenerse.