Cómo elegir un buen psicólogo: 6 cualidades que importan de verdad

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Hace un tiempo compartí algunas reflexiones sobre señales de que algo podría estar fallando en la práctica clínica. Hoy quiero darle la vuelta a esa moneda y hablar de algo que me entusiasma mucho más: las características que, a lo largo de mi experiencia profesional, he observado una y otra vez en los psicólogos y colegas que más admiro. Esos profesionales que dejan huella en sus consultantes y que hacen de este oficio algo realmente transformador.

No pretendo presentar esto como una verdad científica absoluta, aunque algo me dice que muchas de estas observaciones coinciden con lo que la investigación disponible viene señalando desde hace décadas. Son reflexiones honestas, nacidas de la práctica cotidiana, del intercambio con colegas y de años de ver qué funciona y qué no dentro del consultorio.

Tanto si sos profesional de la salud mental, como si estás pensando en dedicarte a esta profesión o simplemente estás buscando un buen psicólogo para vos, espero que estas ideas te resulten útiles.

El cuidado genuino: la base de todo

Esto debería ser obvio, pero vale la pena decirlo en voz alta: un buen psicólogo necesita interesarse de verdad por las personas que atiende. No alcanza con la técnica ni con el título colgado en la pared.

La investigación es bastante clara al respecto. Cuando se les pregunta a personas con todo tipo de problemáticas, y que pasaron por distintos enfoques de psicoterapia, qué fue lo que más influyó en su mejoría, la respuesta que aparece una y otra vez es: sentirse genuinamente cuidadas por su profesional. Esto es lo que en psicología clínica llamamos construir una sólida alianza terapéutica.

Y la mejor manera de que alguien sienta que le importamos es que, efectivamente, nos importe. Así de sencillo. Así de profundo.

Integridad: que lo privado y lo público estén en sintonía

Una de las particularidades de la consulta psicológica es la confidencialidad. Ese marco de privacidad es indispensable para que el espacio sea seguro, pero también —seamos honestos— abre la puerta a que puedan ocurrir cosas poco éticas si el profesional no tiene un compromiso firme con sus propios valores.

Los mejores psicólogos que conozco se conducen de la misma manera dentro del consultorio que fuera de él. Si todo el mundo pudiera ver lo que hacen en sesión, seguirían sintiéndose orgullosos de su trabajo. Esa coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace es lo que entiendo por integridad.

Un recurso valioso para sostener esa integridad es la supervisión clínica o la interconsulta con colegas. Buscar una mirada externa cuando algo nos genera dudas no es señal de debilidad, sino de responsabilidad profesional.

Curiosidad genuina por el otro

No se trata solamente de querer ayudar o de sentirse en posición de "arreglar" algo. Los profesionales que más me inspiran tienen una curiosidad auténtica por las historias de las personas. Ese "contame más", "¿y qué pasó después?", "qué interesante lo que me decís" que no se finge, que brota naturalmente.

Esa curiosidad no solo enriquece el vínculo con el consultante, sino que también nos protege del agotamiento profesional o burnout. Si las historias de quienes atendemos nos resultan genuinamente interesantes, es mucho más difícil que el trabajo se vuelva monótono.

Ahora bien, si notás que esa curiosidad se fue apagando, no te apures a concluir que esta profesión no es para vos. Puede que estés atravesando un momento de desgaste, que estés sobrecargado de trabajo o que simplemente necesites explorar otra población clínica. A veces el problema no es la vocación, sino las condiciones en las que la estamos ejerciendo.

Aprender siempre: la mentalidad del eterno estudiante

Mis colegas favoritos comparten algo en común: nunca dejan de formarse. No porque un título más les dé más prestigio, sino porque les interesa genuinamente entender mejor cómo funcionamos las personas y cómo acompañar de manera más efectiva.

Creer que ya sabemos todo lo que necesitamos saber —ya sea por lo aprendido en la carrera, en un posgrado o en alguna formación específica— es una trampa peligrosa. El conocimiento avanza, las personas cambian, nosotros mismos cambiamos. Los mejores profesionales se adaptan, se actualizan y mantienen la humildad de reconocer que siempre hay algo nuevo por descubrir.

Humildad: el antídoto contra la rigidez

Y hablando de humildad, esta cualidad merece un apartado propio. Si uno cree que lo sabe todo, se cierra a la retroalimentación, y eso en el consultorio puede ser muy dañino.

Todos somos humanos. Nos equivocamos, malinterpretamos, comunicamos algo de manera confusa. Cuando un consultante nos devuelve algo —una incomodidad, un desacuerdo, una percepción diferente—, la humildad nos permite escucharlo sin ponernos a la defensiva. Nos permite pensar: "Tal vez tenga razón. Tal vez puedo hacerlo mejor."

Esa actitud no solo mejora la calidad de nuestro trabajo, sino que refuerza algo fundamental: que la persona frente a nosotros sienta que realmente le importamos. Y como vimos al principio, eso es lo que más incide en los resultados de cualquier proceso psicológico.

Flexibilidad: adaptarse sin perder el rumbo

Quiero ser clara con lo que quiero decir con flexibilidad, porque no me refiero a tener límites difusos ni a aceptar condiciones de trabajo que nos perjudican. No hablo de atender a las once de la noche porque un consultante lo pide ni de reducir honorarios hasta donde no nos resulta sostenible.

Hablo de la capacidad de ajustar nuestro abordaje según lo que cada persona necesita. Quizás empezamos un proceso con un enfoque determinado y, a medida que conocemos más a quien tenemos enfrente, nos damos cuenta de que necesita algo diferente. A veces eso implica aprender algo nuevo, a veces implica una derivación oportuna. Pero si genuinamente nos importa el bienestar de nuestros consultantes, vamos a priorizar lo que ellos necesitan por sobre nuestra propia agenda o comodidad clínica.

Una invitación a la reflexión

Si sos profesional de la salud mental y al leer estas líneas sentís que alguna de estas cualidades se fue debilitando en tu práctica, no te juzgues con dureza. Puede haber mil razones: un contexto laboral que te desgasta, una etapa personal complicada, falta de espacios de cuidado propio. Lo importante es poder hacerse la pregunta con honestidad: ¿qué necesito cambiar para ser la mejor versión de mí en mi trabajo?

Y si estás del otro lado, buscando un buen psicólogo, ojalá estas reflexiones te sirvan como brújula. No se trata de encontrar al profesional perfecto, sino a alguien que se interese de verdad por vos, que sea honesto, curioso y lo suficientemente humilde como para seguir creciendo.

Al fin y al cabo, todas estas cualidades se entrelazan alrededor de una sola idea central: cuando hay un interés genuino por el bienestar del otro, todo lo demás tiende a acomodarse.

Referencias

  • Wampold, B. E., e Imel, Z. E. (2015). The Great Psychotherapy Debate: The Evidence for What Makes Psychotherapy Work (2.ª ed.). Routledge. Analiza los factores comunes que explican la efectividad de la psicoterapia, destacando que la relación entre profesional y consultante —por encima de la técnica específica— es el predictor más consistente de buenos resultados clínicos (caps. 4-6).