El síndrome del Tupper, la tapa, la puerta y Eva
Siempre me gustaron las ciencias médicas y todo lo relacionado con lo mental: la psicología y las conductas. La vida no siempre nos lleva por el camino soñado o programado en nosotros mismos y terminamos, por ejemplo, trabajando con números, cobros, pagos y estadísticas… Sin embargo, me preparé como counselor psicológico y acompaño, desde la escucha activa, a consultantes con problemas de estrés, ansiedad, duelo y bloqueos emocionales, siempre trabajando desde lo lúdico e intentando equilibrar el estado de las emociones en las personas.
Ahora bien, he desarrollado (aunque es innato) un gran poder de observación y hoy voy a hablar sobre las conductas humanas cotidianas. Sí, esas, las de todos los días que he aprendido a mirar y que muchas veces causan gracia, espanto, bronca, ira y desconcierto. Me he dado cuenta de que en un mundo donde hay manada (léase grupo) —que puede ser en un ámbito laboral, en un gimnasio, en una escuela y hasta en una iglesia—, la gente tiende a “vivir queriendo agradar”. Esos son los mejores aglomerados donde pude notar una gran “despersonalización”, uno deja de ser quien es para ser el que agrada al otro. El problema surge porque esta conducta no viene sola; viene acompañada de falsedad, mucho ego y genera malas sensaciones que, sin darnos cuenta, transmitimos al otro. También he notado resistencia hacia quien no sigue a la manada y busca el lado contrario; suele ser al que le dicen que tiene mal carácter o que es el raro… Es increíble y, a su vez, tan triste cómo, siendo todos tan únicos, son tan impersonales en el tumulto donde, claramente, se pierden.
Por otra parte, se ha perdido la noción del tiempo. Se quiere todo ya y hay una imposibilidad de tolerancia de ¡¿dos segundos?! Sí, dos segundos (leyó bien). NO HAY REGISTRO DEL OTRO. ¿Quiere un ejemplo? Hágase un café y pase a leer.
En un colegio se hacía un evento entre maestros y auxiliares en un salón aparte en horario laboral. Una maestra, Eva, decidió quedarse en la secretaría para estar atenta a cualquier eventualidad (un padre que aparece, un profesor que llega tarde). Cuando la reunión terminó, a Eva le llevaron un plato con sobras y comida fría. La manada no tiene la capacidad de entender que sin ella nadie hubiera comido caliente y a término; que sin ella las eventualidades habrían quedado desatendidas o que sin ella otra hubiera tenido que ocupar el lugar. Otro caso más donde el otro no importa.
Pude una vez observar a dos mujeres que tienen el mismo horario de almuerzo y comparten, un mismo lugar físico. Una de ellas, ese día, había tomado la decisión de no almorzar y propuso otra actividad en ese lapso (actividad que ideó en su cabeza y nunca informó a quien estaba a su lado). Entonces, la otra mujer se levanta con el tupper en la mano con la intención de ir a calentar su comida y… he aquí el quid de la cuestión, la mujer número 1 dice: “¿Qué, vos vas a comer?”. Brillante para terapia… NO HUBO REGISTRO DEL OTRO. La mujer 1 se creyó única hasta el punto de pensar que, si ella decidía no comer, la otra daba por sentado que debía hacer lo mismo… Patético, ¿no?
Hay casos en los que buscan lo cómodo y rozan lo ilógico, como ir caminando por las calles y ver canastos con tapa para depositar la basura de las casas que jamás se abrieron, ¡y dejaron la basura sobre el canasto! ¡Sí, señores! Porque parece que abrir y cerrar un canasto ¡te agota la vida! O ir a un lugar donde la puerta está cerrada, pero la dejamos abierta porque volverla a cerrar genera un esfuerzo sobrehumano. ¡A quién se le ocurre! Y mucho menos vamos a pensar en el otro, que seguramente la tiene cerrada por loco, no por frío, ruidos o privacidad. Ese segundo en el que dicen: “Ah, ahora la cierro, voy a buscar algo”, ¡sí, querido! En ese segundo se me heló el lugar o me desconcentré, pero claro… vos ibas a perder la vida, perdón.
No saben hablar pausado, mucho menos escuchar. Juegan a ver quién gana porque eso les alimenta el ego y les recuerda que son alguien dentro de su miseria. El yoísmo en su máxima expresión: soy yo primero, segundo y tercero, y no me importa si vos estás al lado, arriba, abajo, atrás o adelante; yo te paso y te piso también.
Las conductas humanas deberían ser estudiadas por seres superiores como los animales, que tal vez puedan llegar a entender por qué la persona que hace cinco minutos decía que Julia era desaliñada, cuando la cruza le dice: “¡Ay, qué linda estás! Me encanta cómo te vestís”. Como verás, el relato no me incluye; digo “son”, no “somos”. ¿Y sabés por qué? Porque yo soy esa persona que, cuando todos van hacia la izquierda, tomo el camino de la derecha; y la misma que, cuando pongo un límite, soy la de carácter fatal o la que no cae bien. ¡Se busca un psiquiatra!
Autora: Elena Aliardi
Counselor psicológico